El tiempo pasa.

Después de mucho tiempo vuelvo a retomar este espacio, el cual tenía muy abandonado por distintas razones. Espero poder escribir seguido y no volverlo a dejar tirado en la basura. De algo debe servir esto, no para volverlo un diario -eso se lo dejo a las mujeres y niñas-, pero sí, para despejar la mente de esa vida mecanizada que llevamos la mayoría de seres humanos.

Es invierno en Buenos Aires, ya se imaginarán el frío, pero qué importa, los que me conocen saben que amo este clima. Es la única estación del año que disfruto en este país, ya que la humedad en las otras 3 es insoportable. Por otro lado, en alguna de mis primeras entradas, había dicho que una de las mejores terapias es escribir, y vaya que sí. Sólo quiero expresar unas cortas palabras con ustedes que están del otro lado.

Qué linda era la infancia, ¿cierto? no nos preocupábamos por nada, salvo de hacer nuestras tareas, que normalmente eran planas, mapas, multiplicaciones, etc. Cosas que en ese momento veíamos como complicadas, pero que en realidad no lo eran. Llegar a la casa, tirar la maleta y prender el televisor para ver 'muñequitos' -como mi generación le llamaba a los dibujos animados-, eso era lo más lindo. Los fines de semana eran salidas al parque, a comer con la familia, todo era perfecto. Pero qué ibamos a suponer que el tiempo pasaría tan rápido, que esos lindos momentos de colegio se irían de repente. A quién no le dijeron en el colegio los profesores "Aprovechen esta etapa de sus vidas, la universidad es otra cosa", pero nosotros hacíamos caso omiso. 

Sin embargo, es imposible no aceptar que esa etapa es la mejor de la vida -colegio-, así tuviera al Director de Coordinación encima regañándome todos los días. El recreo, las 'capadas de clase', el 'Jeans Day', las salidas pedagógicas, los torneos intercolegiados de fútbol, hay muchas cosas por recordar. Finalmente, el día de la excursión: casi me da un coma etílico, 3 días bebiendo como nunca; de lo poco que me acuerdo, es cuando bajé del avión, fuimos al hotel y luego a la playa, de ahí para adelante fue un piloto automático. Así fue como disfruté aquella meta alcanzada (la graduación), todo valía la pena sin duda. 

Luego daríamos ese gran paso a la universidad, a estudiar lo que nos gustaba, y sinceramente, es algo que debe tomar su tiempo de análisis, porque se supone que será nuestra profesión. No es cualquier cosa. Y acá me encuentro, luego de un par de años de mucho esfuerzo y convicción, estoy cerca de alcanzar otra meta: mi diploma universitario. Yo no voy a descubrir que el agua moja y la toalla seca, pero sí quiero aconsejarle a usted que está del otro lado, que nunca abandonen sus sueños, que por más que sean complicados, lejanos, no son imposibles. Es perseverancia, es fe, es creer en si mismos; la vida es de sacrificios, entre más rocoso esté el camino hacia la meta, más disfrutaremos la llegada.

La vida es muy corta, y más cuando no sabemos qué día cerraremos los ojos para la eternidad. Sólo quería compartir una felicidad que siento en este momento. Nunca dejen de creer. Luchen cada día por lo que ustedes quieren. 

Nos volveremos a ver en la próxima entrada. 

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